Chez Maxim's
De fama universal, pese al snobismo que mantiene, lo hace legendario. El
restaurante Maxim's tiene, desde sus principios, una aureola de pintoresquismo
contradictorio que lo hace merecedor de ser el símbolo, no sólo de París, si no
de toda la historia de la última centuria en la restauración.
A finales del siglo XIX el local donde actualmente se asienta este restaurante,
en la rue Royale, era una heladería regentada por un napolitano llamado Imoda,
hombre con un gran concepto visionario en la política futurista pero un pésimo
psicólogo de masas y peor comerciante en una Francia todavía resentida por las
heridas de las guerras contra los germanos, enemigo natural de Francia durante
siglos.
Era el día 14 de julio de 1.890, día de fiesta nacional en Francia, y al Sr.
Imoda no se le ocurrió otra idea que la de engalanar su heladería con banderas
de toda Europa, entre otras la alemana, hemos de aclarar que también en ese día
se celebraba el veinte aniversario de la derrota estrepitosa de las tropas galas
ante su enemigo del norte y dada la fecha tan inoportuna y al sentir
'patriotero' de los franceses las cosas no le salieron bien a este hombre que
seguramente soñaba con una Europa unida. Lo cierto es que el pueblo llano se
sintió indignado y como energúmenos destrozaron la tienda, signo evidente del
poco sentido del humor que tienen los franceses que han olvidado a lo largo de
su historia una de las palabras del lema de su escudo nacional, fraternite, con
tanta frecuencia fue olvidada que su guillotina inundó las calles francesas de
sangre casi durante doscientos años, pero esto es para contarlo en otro lugar
no en Historia de la Cocina.
Lo cierto es que la heladería del Sr. Imoda se quedó sin clientes, por lo que a
este pobre hombre sólo le quedó la oportunidad de vender lo único que le había
quedado en pie, el local, y seguramente marcharse a su país, no sin antes
llorar amargamente y recordar escatológicamente a los antepasados de todos los
franceses.
Por aquel entonces un barman del Reynolds, un bar americano, Máxime
Gaillard, junto a unos socios estaban buscando un lugar donde poner un
restaurante de comida barata, esencialmente dirigida a obreros y cocheros, y
encontraron este local que por su ubicación parecía prometer. El Sr. Máxime Gaillard
murió en un año y con el seguro de vida que le dieron a sus socios, 100.000
francos, sus compañeros agradecidos continuaron con el negocio al que pusieron
el nombre de su fundador, pero, para eso eran ex-empleados de un bar americano,
añadieron el genitivo sajón a su apellido, quedando como Maxim's. De esta forma
nace en 1.893, casi sin querer, uno de los restaurantes más refinados del
mundo, Chez Maxim's.
Como todo en esta vida, el estar en el lugar justo en el momento preciso, hace
que las cosas suban al cielo o se hundan en los mas tenebrosos infiernos y en
este caso un grupo de jóvenes millonarios tomaron este restaurante como lugar
de reunión, fueron Max Lebaudy y sus amigos los que lo hicieron famoso y la
Exposición Universal de 1.900 la que terminó por catapultar su fama más allá de
sus fronteras naturales. Por aquel entonces amenizaban las cenas la orquesta
cíngara de Boldi y era el centro de reunión tanto de extranjeros como de
millonarios, aristócratas, mujeres galantes y toda la fauna imaginable de un
París que se asomaba tímidamente a la llamada Belle Epoque.
Maxim's entró de forma fulgurante en la literatura con la famosa obra teatral
'La dame de Chez Maxim's' de Georges Feydeau, cuyo cartel reproducimos el pié
de este artículo; Ives Mirande escribió sobre el botones Gerard en 'Le chasseur
de Chez Mixim's' y por último en la romanza del conde Danilo en 'La viuda
alegre', tercer acto.
Toda la nobleza europea, los millonarios mundiales, los artistas de moda, todos
pasaron de forma obligada por sus mesas y nos resultaría pesado para con
nuestros lectores hacer una relación de sus visitantes más importantes y toda
recogida por Jean Mauduit en un célebre libro dedicado a este restaurante con
anécdotas muy jugosas.
Hoy con sucursales en lugares tan alejados como Pekín y su filial para el
pueblo Mining nos hace verlo como un gran monstruo dormido. En París su bodega
sigue siendo de consideración con sus más de 1.200 clases de vinos y su sabor,
demasiado barroco para nuestro gusto, a Belle Epoque, algo rancio pero
apetecible, un lugar histórico y catedral del buen comer a precios de
escándalo.
Maison Dorée
Restaurante mítico estuvo situado en el número 20 del boulevard de los
Italianos, junto a la Opera, lugar de recuerdos memorables para el que escribe
este artículo, con restaurantes de primera, con su museo de cera, con ese gran
sabor parisino que hace de la zona algo inolvidable. Se funda en el año 1.841
en lo que fuera el café Hardy y cierra en 1.907 para convertirse primero en
oficina de correos para posteriormente albergar oficinas bancarias.
En este restaurante comieron Víctor Hugo, el rey Eduardo VII, la familia
Rothschild, Alejandro Dumas y tantos y tantos famosos. Su bodega se componía de
más de 80.000 botellas de los mejores vinos del mundo.
Se cuentan tres historias ocurridas en este restaurante muy curiosas y que nos
ponemos a relatar:
La primera de ellas tiene como protagonista al futuro Eduardo VII, el que una
noche fue atacado a bastonazos por un marido furioso, en el fragor de la
batalla llegaron los camareros gritándole al marido ofendido: Déjele, es el
príncipe de Gales, a lo que respondió, bien lo se; por esto le pego y
siguió a bastonazos con él hasta que el Don Juan pudo escapar como pudo.
La siguiente historia está relacionada con la arrogancia y el desprecio que
tienen alguno de los clientes por los trabajadores en todos los lugares del
mundo, en este caso no referimos al hecho ocurrido entre un camarero del
restaurante y un seudo-intelectualoide muy famoso en su época, un tal Xavier
Aubryet, el cual la tenía tomada con el citado trabajador, hasta que un día
éste le estampó dos sonoras bofetadas cansado ya de tanta impertinencia y tras
las cuales le inclinó para decirle educadamente y cerca del oído: Y antes de
ser despedido quiero advertir al Sr. que desde hace seis meses escupo todos los
días en su plato.
Pero la historia verdaderamente alucinante tuvo lugar una noche en una cena en
la que participaban el director de la Ópera de París, Néstor Roqueplan, con el
banquero español José de Salamanca (ver nuestro artículo dedicado es este
hombre) y otro banquero francés del que no existe constancia de su
nombre. En la citada cena se consumió vino de forma generosa y de calidad, ya
que llegó a pagarse por una botella Castillo de Johannisberg la cantidad
de 80 francos, el equivalente a unos mil euros. Bajo los vapores del alcohol,
no se explica de otra manera, y a eso de las 4 de la mañana, decidieron hacer
algo original y nunca visto, para lo que se le ocurrió a Roqueplan que lo mejor
que podían hacer era quemar el establecimiento, a lo que el banquero español
propuso que antes de hacerlo y para saber a cuanto podría ascender la cuenta
era mejor preguntar al dueño del establecimiento cuanto podría costar, llego su
propietario, el Sr. Verdier muerto de miedo y les dijo que dos millones de
francos, precio al que parecía que estaban conforme los tres comensales y sin
mediar palabra el banquero español se dirigió con un candelabro en la mano en
dirección a los visillos del establecimiento, entonces el Sr. Verdier con
tranquilidad les invitó a reflexionar sobre su bodega y los vinos irrepetibles
que tenía y que se perderían irremediablemente, lo cual casi sería un crimen
contra la humanidad. La reflexión sensata del dueño del local que hizo que el
Sr. Roqueplan ordenara a los camareros que desalojaran las bodegas, eran varias
distribuidas por categorías en distintas plantas. Como la operación se alargaba
preguntaron los chulos de turno que cuanto tiempo necesitarían para
vaciarlas a lo que respondió el dueño que por lo menos 24 horas. Visto lo cual
y como estaba ya cerca el amanecer decidieron irse a sus casa para volver al
día siguiente para efectuar su fechoría. Ni que decir tiene que al día
siguiente y tras la resaca ya ni se acordaron, o no quisieron acordarse de lo
ocurrido, por lo que se salvó de las llamas el restaurante.
Investigando sobre este restaurante hemos rescatado casi del olvido dos recetas
memorables de la Belle Époque, una de ellas del restaurante del que acabamos de
contar estas sabrosas historias y otra del también celebérrimo La Tour d'Argent
y que reproducimos en nuestra sección Recetas Magistrales,
sus nombres son respectivamente: Huevos Auber y Canard au sang,
esperamos que sean de su agrado. Salud.
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